viernes, 1 de diciembre de 2023

Disputa por clase media

Guillermo Velasco Barrera

01 diciembre 2023

El discurso de López Obrador con relación a la clase media ha cambiado radicalmente, pues tras calificarla tiempo atrás como aspiracionista, clasista y egoísta, ayer declaró durante su mañanera que las clases medias han padecido por los conservadores y neoliberales corruptos.

Señaló también que entre las clases medias hay simpatizantes de todas las corrientes políticas y que los ciudadanos no son borregos. En esto último tiene razón, entre los clasemedieros de este país ha existido diversidad de pensamiento y pluralidad política. Una prueba evidente fue la elección del 2018, en la que un sector importante de la clase media mexicana, conformada por académicos y personas vinculadas al mundo de la cultura, le brindaron su apoyo y voto a López Obrador.

Pero la elección del 2021 demostró que el clasemediero es un votante sin pautas fijas, es decir, puede cambiar su voto en virtud de resultados de gobierno, propuestas de los candidatos o frente a determinadas coyunturas. En el caso de la Ciudad de México, fue la clase media la que le arrebató a Morena diversas alcaldías que tiempo atrás eran consideradas bastiones de la izquierda.

Vino la decepción y el desencanto respecto a la 4T, así como el miedo por el autoritarismo creciente de López Obrador. Despertó un gigante que estaba dormido (la clase media) y que sin duda será determinante para las elecciones del 2024, especialmente en las zonas urbanas de México.

Candidatos de todos los partidos se disputarán el mercado de votos que representa la clase media, por lo que buscarán hilvanar una narrativa que los conecte con este sector de la población, en donde prevalece un porcentaje muy importante de potenciales votantes indecisos que marcarán la diferencia en la elección del próximo año.

El Presidente, tan consciente está de lo anterior, que ha comenzado a cambiar su narrativa sobre las clases medias. Al hablar ayer sobre este tema señaló que Samuel García es un candidato atractivo para la clase media y ésa es la razón por la que lo critican los conservadores.

Tal declaración no sólo es una evidencia más de que Samuel es en realidad un títere del Presidente que se ha prestado a hacer el juego sucio para dividir a la oposición, sino que exhibe la preocupación de López Obrador de que Xóchitl Gálvez logre la mayor conexión con las clases medias mexicanas, lo cual es altamente probable.

Analicemos un poco los perfiles de los candidatos presidenciales: Claudia Sheinbaum, si bien en su trayectoria ha estado vinculada en diversos momentos de su vida a atributos prototípicos de la clase media, especialmente en su faceta como universitaria e investigadora, está mimetizada con el Presidente (incluso en su forma de hablar) en el discurso de la polarización y en el asistencialismo electorero que mantiene en pie de guerra el voto duro de Morena, pero no la vincula con amplios sectores de la clase media.

Samuel García, a quien ahora López Obrador quiere posicionar como el candidato de la clase media mexicana, no parece reflejar mucho la cultura del aspiracionismo y el esfuerzo, característica de los clasemedieros de este país. En todo caso, su factor diferenciador en la campaña es su edad y el que es el único varón en la contienda que compite contra dos mujeres. Los jóvenes lo podrían ver como una alternativa novedosa, pero no creo que la onda fosfo-fosfo sea una bandera para entusiasmar a la clase media.

La historia personal de Xóchitl Gálvez, genuinamente marcada por el aspiracionismo, es la que podría generar más conexión con la clase media mexicana, pero no basta su sola biografía. Los asesores de Xóchitl deberán trabajar en un discurso atractivo y consistente que realmente signifique una bandera importante para este sector de la población que hoy todos los candidatos se disputarán. Por lo pronto López Obrador parece estar muy preocupado por el despertar de la clase media.

@gvelascob

martes, 28 de noviembre de 2023

Sobre el deporte de criticar la campaña de Xóchitl

Leo Zuckermann

Xóchitl está arrancando la campaña en segundo lugar en la competencia presidencial, muy alejada del primer sitio que ocupa Claudia Sheinbaum. La candidata del oficialismo le saca una ventaja de dos a uno a la opositora. En números redondos, Claudia tiene un 60% de la intención de voto y Xóchitl un 30 por ciento.

El primer problema es que Gálvez todavía es desconocida por un 45% de la población, de acuerdo a la encuesta de Buendía & Márquez publicada ayer en El Universal. Este sondeo en vivienda se levantó cuando apenas estaban saliendo al aire los spots de radio y televisión. Vamos a ver qué tanto le ayudan estos anuncios para darse a conocer, porque vaya que le urge.

Un segundo problema es que, entre la gente que la conoce, tiene más opiniones negativas (23%) que positivas (20%). Su saldo de opinión es de menos tres (los datos son también de la encuesta de Buendía & Márquez). Es lógico. Gracias a López Obrador, Xóchitl dio un gran brinco en el reconocimiento de su nombre, pero fue un arma de doble filo, ya que el Presidente le endilgó una serie de atributos negativos que afectaron su imagen.

Así que no sólo le urge darse a conocer, sino posicionarse con cualidades positivas.

Los dos primeros problemas se resuelven con una buena campaña. Tengo la impresión de que ya van retrasados en ese equipo. Les falta una historia que contar, más allá de la biografía de la candidata, que es una de sus grandes fortalezas. Ésta no alcanza para convencer al electorado porque, al final del día, al ciudadano hay que responderle la lógica pregunta: “¿Y yo por qué tengo que votar por ti?”.

Claro, nuestra estúpida ley electoral no ayuda nada a contestar este cuestionamiento básico porque, absurdamente, los candidatos no pueden hablar de propuestas en este momento. Hágame el favor. Sin embargo, con las sempiternas simulaciones mexicanas, siempre puede dársele la vuelta a la ley. Es cosa de buscarle.

El chiste es encontrar una narrativa atractiva para los segmentos que podrían votar por la oposición. Definir qué va a vender la candidata (miedo, enojo o esperanza) y con qué mensaje. Si ella va a ser la protagonista de la historia, quién será su antagonista.

Las encuestas demuestran que en México existe un ánimo mayoritario a favor de la continuidad. Esto, desde luego, favorece a la candidata oficialista, quien, precisamente, está proponiendo eso. A la opositora le genera un reto de, por un lado, hablar de cambio para asegurar que vayan a votar los electores insatisfechos pero, por el otro, atraer a indecisos que no están del todo malhumorados con el gobierno actual.

Lo que quiero decir es que, además de administrar los tremendos problemas de una coalición de partidos que se odiaban a muerte hace unos años, Xóchitl debe tejer muy fino para desarrollar una estrategia exitosa que le permita remontar la diferencia que trae con Claudia.

Y rápido porque se le está yendo el tiempo.

Para alcanzar a Sheinbaum, Gálvez necesita crecer 1.2 puntos porcentuales por semana de aquí a las elecciones del dos de junio del año que viene.

¿Se puede?

Claro que sí, pero se requiere una campaña eficaz de aire, es decir, spots de radio y televisión que convenzan a la gente de por qué hay que votar por ella.

El reto es todavía mayor si se toma en cuenta la inclusión de Samuel García en la boleta. El neoleonés está ahí para quitarle votos a Xóchitl. Su objetivo es dividir el voto opositor y, en el mejor escenario, incluso arrebatarle a Gálvez el segundo lugar en la contienda. Su mensaje actual, de hecho, es que él ya rebasó a Xóchitl y está siendo validado por encuestas patito de corte propagandístico (ayer salió una en un medio impreso de la Ciudad de México). Así que, además de enfrentar a Claudia, Xóchitl tiene que sacudirse a Samuel.

Viéndolo todo en conjunto, está difícil para la candidata del frente opositor. Son de esos desafíos que sólo profesionales en diseñar y ejecutar campañas electorales pueden enfrentar. Un equipo de estrategas, encuestadores, creativos y publicistas que segmenten al electorado y encuentren los mensajes que motiven a comprar el producto, en este caso, votar por Xóchitl.

El tiempo apremia. Además, con nuestra estúpida ley, tendremos un receso en las campañas entre el 18 de enero y el primero de marzo.

No está nada fácil para Xóchitl. Pero lo peor sería tirar la toalla y admitir que este arroz ya se coció, como argumentan algunos miembros de la comentocracia que así lo desean.

X: @leozuckermann

https://www.excelsior.com.mx/opinion/leo-zuckermann/sobre-el-deporte-de-criticar-la-campana-de-xochitl/1622111

jueves, 24 de agosto de 2023

Mira quién habla

Jorge Suárez-Vélez 24 agosto 2023

El lunes, en "La Mañanera", ese ritual diario de propaganda que es todo menos la "conferencia de prensa" que finge ser, el Presidente se refirió a mí como alguien "reaccionario, reaccionario, reaccionario... más reaccionario que Antonio López de Santa Anna o Porfirio Díaz...". Reflexionemos sobre ese adjetivo.

La definición literal de reaccionario es alguien partidario de mantener los valores políticos, sociales y morales tradicionales y se opone a reformas o cambios que representan progreso en la sociedad. Es curioso que sería difícil encontrar un término que describa mejor a Andrés Manuel López Obrador.

Su propósito principal ha sido revertir reformas del sexenio pasado que incorporaban a México al dinámico y cambiante siglo XXI. En un mundo que padece el cruel embate del calentamiento global, él insiste en volver a los combustibles fósiles. Cuando México había impresionado al mundo con su eficiencia generando energías limpias, su gobierno privilegia el combustóleo -cuya quema prohíbe el mundo entero por su toxicidad- como energético para producir electricidad. Cuando la humanidad lucha por preservar especies animales y selvas milenarias, ha devastado reservas ambientales para construir un tren sin sentido económico o logístico, sí, la misma receta de progreso de Porfirio Díaz, pero 100 años más tarde. Ha dilapidado recursos en una refinería, cuando el mundo acelera la transición hacia automóviles eléctricos.

En medio del prometedor ascenso de la economía del conocimiento, su gobierno evita evaluar nuestra educación pública. No hemos medido el daño por cerrar dos años nuestras escuelas, y carecemos de medidas remediales que nos eviten perder una generación entera. Sus universidades Benito Juárez son el epítome de la mediocridad y el presupuesto para la educación pública ha bajado.

Cuando habíamos desarrollado un Seguro Popular que les daba acceso a salud a millones sin derecho a servicios del IMSS, él lo demolió por capricho o ignorancia y dejó a 30 millones de mexicanos sin acceso a salud pública, sumándolos a otros 20 millones que ya carecían de ésta. Cuando México era ejemplo mundial de vacunación universal, por sus prejuicios y limitaciones ideológicas, su gobierno creó un desabastecimiento de éstas que ha hecho que se presenten brotes de sarampión en México. Esto se suma a la falta de tratamientos de cáncer para niños que antes los recibían. Cuando México fue ejemplo de destreza sanitaria por su tratamiento de la pandemia de influenza H1N1 en 2009, fuimos uno de los países que más muertes sufrieron por Covid y donde más personal médico murió por falta de apoyos.


México volvió a niveles de ingreso per cápita de 2015. Después de décadas de lucha por avanzar nuestra democracia fortaleciendo a un árbitro electoral autónomo, AMLO le quitó recursos y amenaza con regresar a la farsa electoral en la que el PRI nos mantuvo por décadas, organizando las elecciones desde la Secretaría de Gobernación. Les ha quitado dientes a órganos constitucionales autónomos que eran importantes contrapesos para limitar excesos en el ejercicio del Poder Ejecutivo. Ha tratado de revertir la separación de poderes, vulnerando a la Suprema Corte, y su partido ha mayoriteado sistemáticamente en las Cámaras, arrasando con las minorías.

En pocas palabras, López Obrador nos ha regresado al pasado con éxito.

Ha judicializado sus rencores, persiguiendo a opositores a partir de acusaciones ficticias y usa el poder del Estado para extorsionarlos. Cuando México había fortalecido mandos civiles desde la época de Miguel Alemán, él militarizó la seguridad pública, las aduanas, el espacio aéreo y la obra pública. Quizá pactó con organizaciones criminales, faltándole al respeto a miles que han muerto a sus manos, incluso burlándose y haciendo chistes sobre el dolor humano.

El gobierno de López Obrador justifica su ineptitud y mediocridad, y critica a quienes se atreven a aspirar a movilidad social y progreso. Nos ha regresado a un pasado no deseable en aras de mantener valores políticos tradicionales.

¿Quién es el reaccionario?

@jorgesuarezv

miércoles, 5 de julio de 2023

Un hombre tranquilo

Guadalupe Loaeza 27 Jun. 2023

Para muchas y muchos ciudadanos, Adán Augusto López es una "corcholata" de un agua mineral sin gas. Y, sin embargo, pienso que lo que ha perdido a López Obrador es el exceso de gas, sus mañaneras son una prueba de ello, basta con que se levante un poco la tapa para que explote sin control. En cambio, escuchar hablar al que se llama "hermano" del Presidente tranquiliza. Su tono de voz y su lenguaje corporal coinciden con el de un hombre tranquilo, algo raro en un político en campaña. Se diría que Adán Augusto tiene la radiografía más clara que la de sus contrincantes, da la impresión que conoce la realidad mexicana de pe a pa. No hace aspavientos, no se enoja, no insulta, no agrede y al parecer sabe escuchar. No suena como una persona soberbia, ni pagado de sí mismo. Quiero pensar que se trata de una persona austera, aunque hace unos días se publicó una foto del ex secretario de Gobernación llevando un reloj carísimo que cuesta algunos miles de dólares. ¿Será cierto? Esta joya no va con su personalidad. Puesto que es el único de los seis aspirantes a la Presidencia que rechazó los cinco millones de pesos ofrecidos por Morena para la campaña con el argumento que está poniendo dinero de su bolsa, le sugiero que venda el reloj el cual despierta tanto sospechosismo.

Hay muchas cosas que me llaman la atención del ex gobernador de Tabasco, que le hable de "usted" a todo el mundo, algo que ya está en desuso. A mí me gusta porque es un signo de respeto hacia el otro u otra. También me gusta que además de licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Tabasco, tenga estudios en el Instituto de Derecho Comparado en París y posea una maestría en Ciencias Políticas por la Universidad de Paris II, además del diplomado que tiene por la UNAM, lo cual quiere decir que está mejor preparado que el Presidente de quien todos sabemos que pasó por un camino bastante accidentado para graduarse.

Si yo fuera dueña del "dedito" todo poderoso de López Obrador, para pasarle la estafeta, y en caso de que Morena ganara las elecciones (cruz, cruz), me inclinaría por Adán Augusto López Hernández. ¿Por qué? Porque me inspira confianza, porque es genuinamente un hombre de izquierda moderada y porque le creo. Me parece un político serio, estructurado, no frívolo, ni mucho menos, dogmático. No parece alguien rijoso, ni acomplejado. Se percibe a un hombre felizmente casado con Dea Isabel Estrada Rodríguez, licenciada en Administración, y a un padre de tres hijos, satisfecho y agradecido con la vida. Imagino a Adán Augusto tomar las riendas del país con conocimiento y con la experiencia que le ha dado haber sido gobernador de Tabasco, secretario de Gobernación, diputado, senador, etcétera, etcétera. Imagino que sabe escuchar a los empresarios, a las clases medias, pero sobre todo a las mujeres como le dijera a Sabina Berman en su espléndida entrevista, en la que también habló con llaneza del problema del crimen organizado, de la inseguridad y de la corrupción.

A diferencia de López Obrador, todo indica que Adán Augusto es un hombre sano y equilibrado. Algo me dice que el poder no lo cambiaría demasiado y que no es egocéntrico, en demasía, aunque nunca se sabe...

Tengo la impresión que de los seis contrincantes, él es el más cercano a las clases más desfavorecidas. Sí, creo que vería por su bienestar, lo siento empático, y que a pesar de que no cuenta con mucho carisma, sí hace contacto con la gente. Hay que decir que sí está por la continuidad del movimiento de la 4T pero sin radicalismos ridículos y absurdos en los que ha caído su jefe. Reconoce que él tiene un apego mayor por el sur de la República que por otras partes del país, por el simple hecho de haber nacido en Tabasco, pero también porque reconoce la poca atención que se le ha brindado a esa parte del país, que posee abundantes recursos naturales que no se han explotado debida y conscientemente.

Inútil aclarar que no estoy de acuerdo con Morena y mucho menos con su líder, no obstante debo ser objetiva al hablar de los seis candidatos y el que me parece el más congruente, sólido y preparado, para estas lides, es Adán Augusto López Hernández, un hombre tranquilo.

Jamás votaría por los otros de Morena, pero sí por uno o una de la oposición.

gloaezatovar@yahoo.com

jueves, 4 de mayo de 2023

Tengo miedo

Ricardo Elias  04 May. 2023

Me da miedo pensar en el 2024, un año electoral clave, en el que a nivel federal, los mexicanos estaremos decidiendo no simplemente quién será el nuevo Presidente o los nuevos senadores y diputados, sino el rumbo del país, es decir, el FUTURO (así en mayúsculas) de todos.

Tengo miedo porque millones de mexicanos que, concebible, pero desgraciadamente, apoyaron la llegada al poder de un individuo que teniendo argumentos válidos resultó ser un fraude, lo siguen apoyando.

Tengo miedo a los morenistas fanáticos y a los resentidos sociales que no sólo no se dan cuenta que están siendo engañados con quimeras y promesas "danesas" de cambio, sino peor aún, que les están comprando sus conciencias con limosnas económicas e intelectuales que jamás los sacarán de la mediocridad o la pobreza.

Tengo miedo al Presidente, y a la caterva de oportunistas, mafiosos y delincuentes que le rodean porque independientemente de sus incapacidades y falta de oficio, han demostrado ser mentirosos, resentidos y vengativos, y porque no son iguales a los anteriores, como el Presidente dice, sino peores. Esta vez, además de ser corruptos, son personas malas, peligrosas, tramposas y mañosas.

Tengo miedo a un gobierno que no se inmuta por causar la muerte a cientos de miles de mexicanos con decisiones irresponsables en el sistema de salud y en el sistema de seguridad nacional.

Tengo miedo a un gobernante que califica a las clases medias como "aspiracionistas", que ve a los más conocedores y exitosos como enemigos, que disfruta el deterioro de los emprendedores y se burla de sus angustias, de sus pérdidas o de sus quiebras.

Tengo miedo a la "alineación" del Presidente y su partido a la izquierda revolucionaria de América Latina, y a las deferencias y admiración que profiere a dictaduras y gobiernos populistas que han llevado a sus países a la ruina.

Tengo miedo a los repetidos intentos para destruir la democracia, las instituciones ciudadanas autónomas, para modificar la Constitución y convertir a Morena en un partido de Estado, hegemónico, único.

Tengo miedo a los ataques a la opinión pública y medios de comunicación críticos.

Tengo miedo a un gobierno que diciendo ser "democrático" se queja y ataca la separación de poderes.

Tengo miedo al año 2024, no porque la mayoría pueda decidir libremente un rumbo distinto al que yo creo sería mejor para todos, sino porque "los dados están cargados".

Tengo miedo a la reacción del Presidente y de las Fuerzas Armadas bajo su mando, en caso de que los resultados de las elecciones presidenciales no le sean favorables.

Tengo miedo porque hay un claro intento para aplastar minorías incómodas y acabar a la oposición, pero no por los canales y reglas de la democracia, sino con mañas, abusos, ilegalidades y con el dinero de todos.

Tengo miedo de terminar viviendo en un país jodido social y económicamente, que expulsa el talento y vuelve sensata la emigración.

Tengo miedo del futuro de México, no por pesimista, sino porque veo que los escenarios negativos de corto y mediano plazo son altamente factibles.

Pero los miedos no desaparecen siendo pasivos o guardando silencio, sino actuando y hablando, con fuerza y contundencia. Hoy más que nunca, los ciudadanos estamos obligados a hacer nuestra parte (la mínima es salir a votar) para detener el desmantelamiento del país. Yo haré la mía. Seguiré haciendo, diciendo y escribiendo lo que sea necesario para hacer entender a los que no entienden o no creen que estamos en manos de un populista inepto que ha puesto a México en rumbo equivocado y en manos de un partido repleto de oportunistas, resentidos, delincuentes y corruptos. Y lo haré no por contribuir, como dicen, con mi "granito de arena", pues yo no creo en la eficacia de granos de arena aislados, sino para crear una avalancha que sepulte el populismo, el engaño y la manipulación de los más pobres.

· APOSTILLA

 Yo no creo en los "granitos de arena". Para mí son sólo una idea romántica, cursi e ineficaz para lograr un fin. Yo creo en las avalanchas que resultan de agregar intención, cohesión, inercia y rumbo a millones de granos de arena, es decir, a millones de pequeñas acciones individuales.

A los granos de arena sueltos se los lleva el viento, a las avalanchas no. Una voz aislada no se oye, las voces de masas coreando al unísono, estremecen.

"El silencio materializa lo que tememos".

Yo

 ricardoelias1@gmail.com

 ricardoelias.mx

Fábrica de mentiras

Sergio Sarmiento, 04 May. 2023


"La libertad de prensa, si algo

significa, quiere decir la libertad

de criticar y oponerse".

George Orwell

 En pleno día mundial de la libertad de prensa el presidente López Obrador arremetió ayer, por enésima ocasión, contra los medios: "Cada vez son más las mentiras. Llueven mentiras. Hay tormenta de mentiras, porque hay medios que son fábrica de mentiras y de manipulación".

López Obrador, como antes lo hacían Donald Trump en Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil, ha hecho de la descalificación de los medios críticos no solo una costumbre sino una estrategia política. Y claramente le funciona. AMLO mantiene muy saludables niveles de aprobación en las encuestas. Sus ataques a periodistas, y en general a quienes tienen opiniones distintas a la suya, no solo no lo debilitan, sino que lo ayudan a mantener su popularidad.

Ayer, sin embargo, la organización Reporteros sin Fronteras reportó que México bajó un lugar en su clasificación de libertad de prensa en el mundo, al pasar de 127 a 128. Es verdad que nos ubicamos arriba de Corea del Norte o de China, que están en los últimos lugares, 180 y 179, o de Cuba, que en el puesto 172 es el peor país de Iberoamérica, o de Venezuela, que está en 159, pero estamos atrás de Guatemala, que se encuentra en 127, Bolivia en 117 o El Salvador en 115. Los cinco países con más libertad de prensa son Noruega, Irlanda, Dinamarca, Suecia y Finlandia.

"Año tras año -señala el informe- México se mantiene como uno de los países más peligrosos y mortíferos del mundo para los periodistas". No es que el gobierno esté asesinando a periodistas, ni que la ley establezca sanciones por ejercer la libertad de expresión, sino que "el presidente..., en el poder desde 2018, no ha emprendido las reformas y acciones necesarias para frenar la espiral de violencia contra la prensa", mientras que él "y otras figuras destacadas del Estado han adoptado una retórica tan violenta como estigmatizante contra los periodistas, a los que acusan regularmente de apoyar a la oposición". La organización cuestiona la sección "Quién es Quién en las Mentiras" de las mañaneras, "un espacio más en el que se intenta desacreditar a la prensa".

No dudo que haya medios que se equivocan o que mientan, pero la mayor parte de las descalificaciones de López Obrador y de su portavoz Elizabeth García Vilchis se enfocan a periodistas, medios y participantes de redes sociales simplemente por tener puntos de vista distintos a los suyos. El Presidente quiere que la única fuente de información sobre su gobierno sea la mañanera. Incluso está extinguiendo Notimex: "Ya nosotros no necesitamos una agencia de noticias en el gobierno -dijo el 14 de abril-. Eso era de la época de los boletines y de la prensa oficial y oficiosa. Ya no hay eso... Pero no es algo que nos haga falta como gobierno. Tenemos la mañanera".

Yo no pido, como otros, que desaparezca la mañanera, aunque me doy cuenta de que es fundamentalmente un arma política... de gran eficacia en las manos de López Obrador. Es claro que el Presidente la utiliza constantemente para difundir difamaciones y calumnias no solo contra sus adversarios políticos sino contra quienquiera que discrepa de sus posiciones.

López Obrador no ha aplicado medidas de represión contra los periodistas críticos; no es, ¡qué bueno!, un Daniel Ortega, pero sí los denuesta constantemente como hacían Trump y Bolsonaro. Esta estrategia resulta muy riesgosa en un país en el que las agresiones a periodistas son moneda de curso corriente.

AMLO declaró el 13 de junio de 2019: "No acepto, bajo ninguna circunstancia, que miembros de mi familia hagan gestiones, trámites o lleven a cabo negocios con el gobierno en su beneficio o a favor de sus recomendados". Pero los casos de presuntas gestiones y recomendaciones se acumulan. Ayer, sin embargo, el Presidente ni siquiera tocó en la mañanera los contratos de los amigos de su hijo Andrés. En cambio, sí puso un video de Juan Gabriel.

www.sergiosarmiento.com

miércoles, 3 de mayo de 2023

El autoritario

Todo eso que habíamos creído vencido hace unos años reapareció de la mano del dictadorzuelo Andrés Manuel López Obrador.

Juan Ignacio Zavala

mayo 03, 2023

No es para menos la indignación por el agandalle del gobierno y su pandilla de legisladores la semana pasada. Se trató de una de las experiencias más grotescas en términos de aplicación de la mayoría. Todo el priismo con el que se formaron el Presidente y sus secuaces salió a relucir en esta maniobra digna de película de caciques: el autoritarismo más ramplón, el avasallamiento como muestra de poder, la felicidad por el agandalle, la ilusión de la ignorancia, la presunción de la fuerza bruta, la abyección con el líder, la desvergüenza de actuar en manada… todo eso que habíamos creído vencido hace unos años reapareció de la mano del dictadorzuelo Andrés Manuel López Obrador.

Pero esto nada más fue el anuncio de lo que viene. Debemos dejar atrás los engaños, las buenas intenciones, los resortes de las “convicciones democráticas” haciendo llamados al diálogo y necedades por el estilo. Estamos ante un gobierno autoritario que no se va a cansar en su esfuerzo por demoler todo lo que se haya construido en los últimos 40 años y esto incluye la SCJN, el INE, los medios de comunicación, los partidos políticos opositores y, por supuesto, la aspiración a vivir en un país medianamente civilizado y racional.

El sueño autoritario del hombre resentido que estuvo en campaña alimentando su odio por más de dos décadas recorriendo el país, ha encontrado su ruta de implantación. La rabia es su resorte. No hay crítica que tolere. En sus delirios ve enemigos por todas partes y llega a niveles demenciales como el de ordenar que no se le conteste el teléfono a sus fantasmagóricos enemigos; hace chistes verdaderamente idiotas, muestra constantemente un desfase de la realidad preocupante.

Sin embargo, una cosa es que el Presidente haga cosas que parecen delirantes en una democracia moderna y otra que ese tipo de conductas, propias de los gorilatos de los países bananeros, no sean el sueño de los populistas ensoberbecidos y eso es para lo que debemos prepararnos.

No se va a detener en los señalamientos verbales, la maquinaria de la destrucción hace tiempo que se echó a andar, pero para muchos se trataba de algunos “desvíos ideológicos”, “ciertos rasgos autoritarios”, “resortes de su nostalgia por el pasado nacionalista” y cosas de esas. Qué cara es la ingenuidad cuando de política y liderazgos se trata.

El Presidente prepara ya sus golpes estelares y no son de preparación de su salida sino de los cimientos de su quedada. En efecto, tal y como lo anunció desde los primeros días de su gobierno, hará todo lo posible por derrumbar el edificio de la democracia liberal para que el regreso de ésta sea imposible.

Por eso tiene que imponer el modelo y lo tiene que imponer ya para que a nadie de los suyos se le ocurra desviarse. No se trata del planteamiento que vendrá, de la candidata o el candidato que vendrá, no: se tratará, como no puede ser de otra manera, de él, de la manera en que estará presente, aunque entregue la estafeta. Porque todo se trata de él y de seguir hablando de él.

Así que abróchense los cinturones, el autoritarismo está aquí y apenas enseñó los dientes.

miércoles, 8 de febrero de 2023

AMLO y la corrupción

 


 

  • Frank Lozano

Ciudad de México / 24.08.2020 04:36:36

La relación de López Obrador con la corrupción y el dinero mal habido está documentada desde que fue jefe de gobierno de la Ciudad de México. Los nombres de René Bejarano, Gustavo Ponce y Carlos Ímaz (exesposo de Claudia Sheinbaum) fueron relacionados a escándalos de corrupción.

Posteriormente, se dio a conocer que en el año 2006 el Sindicato Mexicano de Electricidad, el SME, desvió 66 millones de pesos para sostener el plantón de López Obrador en avenida Reforma.

En el año 2015, Jessica Avendaño, esposa de Arturo López Obrador, hermano del presidente, desvió 80 millones de pesos del gobierno de Veracruz cuando fue oficial mayor de la secretaría de Educación en el gobierno de Javier Duarte, quien entregaba 2.5 millones de pesos mensuales al Morena.

En el año 2017 a propósito del temblor del 19 de septiembre en la ciudad de México, siendo presidente de Morena, López Obrador desvió 64 millones de pesos destinados a ayudar a víctimas del sismo para usarlos en campañas de candidatos de Morena.

Ya como gobierno, López Obrador ha tolerado la corrupción de miembros de su gabinete y ha permitido la realización de negocios entre cuates, desde la compra de ventiladores a sobreprecio, a la compra de cubrebocas en 214 pesos. Los nombres de Ana Gabriela Guevara, Zoé Robledo, Manuel Bartlett, Rocío Nahle o Irma Sandoval salen a relucir. En su gobierno abunda el nepotismo en los nombramientos y hay familias enteras acomodadas en distintas dependencias, el ejemplo emblemático, nuevamente es Irma Sandoval.

El affair del video escándalo donde aparece Pío Obrador recibiendo distintas sumas de dinero de parte de David León Romero, es solo el último episodio de una tragedia llamada cuarta transformación.

La lucha contra la corrupción del gobierno de López Obrador es un simple ardid publicitario. No hay un compromiso verdadero por hacer del combate a la corrupción una política pública. La Unidad de Inteligencia Financiera, más que el brazo ciego de la ley, representa el látigo político del régimen. La Fiscalía, lejos de ser un agente de justicia, es una agencia de filtración de bulos, videos y chismes. La clase política de la cuarta transformación se ha convertido en un lastimoso corifeo que al unísono reproduce la narrativa que le impone el demagogo de palacio.

La distorsión de la realidad y la negación de la misma han llegado a un punto de cinismo nunca antes visto. Lo que hace mi opositor es corrupción, lo que hacen mis militantes son actos humanitarios. Bajo esa lógica, los más de 60 mil muertos por covid-19, murieron por su culpa; los más de 60 mil asesinados murieron por culpa de Calderón; los millones que perdieron su empleo no existen porque ya hay recuperación económica; los niños que no tienen medicamentos contra el cáncer tienen que tener paciencia. Para cada problema hay una excusa, un culpable, un sofisma, una evasión, nunca hay una política pública, nunca un Estado que enfrente y resuelva las cosas.

De ahí que no extraña que, contra toda evidencia, la corrupción de López Obrador y sus secuaces termine por venderse como un acto solidario incomprendido. Lo bueno es que nada sucede sin la aprobación del presidente, dicen.

franklozanodelreal@gmail.com

viernes, 4 de noviembre de 2022

El populismo desfigura a la democracia: una entrevista con Nadia Urbinati

 2.11.22 Carlos Bravo Regidor

Nadia Urbinati, catedrática de Teoría Política / Fotografía de Columbia University.

Una de las más importantes teóricas políticas, Nadia Urbinati, habla sobre qué le hace el populismo a la democracia: ¿por qué tiene una relación parasitaria con ella?, ¿cómo la desfigura?, ¿cuándo termina con ella?, ¿cuál es el momento fatal? Yo, el pueblo fue editado en México por Grano de Sal.

Carlos Bravo Regidor (CBR): En su libro más reciente, Yo, el pueblo, usted, Nadia Urbinati, propone una manera de pensar el populismo que rompe con mucho de lo que se ha escrito al respecto. No le interesa tanto definir qué es —incluso hace explícita su decisión de evitar la hýbris de esa ruta analítica—, sino explicar qué hace el populismo, ¿por qué escogió esa manera de aproximarse al tema y qué diferencia implica ante otras aproximaciones?

Nadia Urbinati: Es que no hay un acuerdo general sobre qué es el populismo. Depende, en mucho, de donde estás parado, desde dónde lo miras: en América Latina hay una visión latinoamericana; en Europa, una visión europea; en Estados Unidos, una estadounidense… en fin, todas se basan en un punto de referencia fuertemente contextual. Además, escribir sobre el populismo es, ineludiblemente, escribir sobre nuestras propias democracias. Esa es la razón por la cual se han acuñado definiciones muy mínimas que intentan ser aplicables en todas partes, pero una vez que tratas de aplicarlas te topas con que dejan demasiados aspectos fuera, con que hace falta abarcar más, así que al final el problema no se resuelve minimizando la definición.

Desde mi punto de vista resulta mucho más interesante, entonces, tratar de entender lo que significa la insistencia en que el pueblo es uno y está representado por un líder, en la centralidad de una mayoría que se vuelve prioritaria y que no es como cualquier otro tipo de mayoría, o bien, en que las elecciones sirvan para demostrar que pueblo y líder están del lado correcto porque ganan. Todos esos son rasgos que identificamos con el populismo, pero ¿cómo verlos ya en acción? Pues cuando el populismo deja de ser simple oposición y llega al poder: ese momento nos obliga a lidiar con el fenómeno populista. Así que, en mi opinión, lo fundamental es distinguir entre el populismo como movimiento opositor, lo que siempre será parte o producto de la democracia, y la relación que el populismo entabla con la democracia, cómo la transforma una vez que se vuelve gobierno. Esa es la premisa de la que yo parto.

CBR: Usted rechaza el uso estigmatizante de la categoría “populista” por cómo termina aplanando la complejidad del fenómeno, por cómo tiende a reducirlo a un concurso entre oposición y gobernanza, y porque, como usted misma advierte, los populistas gobiernan de un modo muy específico. Usar “populismo” como un arma arrojadiza para descalificar adversarios no es útil ni para entender este fenómeno ni para pensar en estrategias exitosas que puedan contrarrestarlo.

Nadia Urbinati: “Populista” se usa mucho como acusación en el periodismo, en el mundo de la opinión cotidiana, en las redes o en los blogs: le dices a alguien ¡eres un populista! y ya, no hace falta decir más. Tenemos que hacer el esfuerzo de separar la categoría para tratar de ver el fenómeno que existe con independencia de ese uso polémico. La pregunta, para mí, es cómo es posible que en la democracia anide y se nutra el populismo, pero sin destruirla o secuestrarla por completo. En esa tensión tendría que estar nuestro acercamiento para entender el populismo, no en su demonización. Eso no funciona, la demonización es profundamente antiacadémica.

CBR: Aunque quizá sí funcione en otro sentido; de lo contrario, ¿por qué sería tan prevalente ese uso polémico?

Nadia Urbinati: Sí, yo creo que quienes recurren a ese uso polémico generalmente se ubican en la perspectiva de la buena democracia, la democracia concebida a partir de algunos supuestos básicos, que podríamos llamar tradicionales o mínimos, muy de la trinchera liberal, ya sabes, de que hay que domar o contener a la democracia. De modo que cuando emerge el populismo, ellos lo ven como una radicalización de la democracia en un mal sentido. Puede ser una radicalización hacia la derecha o hacia la izquierda, no importa, eso les es indiferente, lo que les preocupa es la radicalización que amenaza a la buena democracia.

¿Por qué?, porque para ellos la buena democracia solo puede ser la democracia liberal. Desde esa perspectiva, todas las cosas buenas de la democracia se las debemos a la tradición liberal y todas las peligrosas a la democracia misma. Cuando dicen ¡eres un populista!, lo que indican es una radicalización del lado democrático de la ecuación, en detrimento del lado liberal. Todo eso es indeseable, primero que nada, porque no nos permite entender el proceso democrático en sí y, segundo, porque asume una concepción de la democracia muy problemática en mi opinión. La democracia no necesita acudir al liberalismo para encontrar la libertad; la democracia produce libertad dentro de ella misma. No se puede decir que un país es democrático si no hay respeto entre los adversarios, si no hay diálogo, diversidad, oposición, tolerancia, si no aceptas respetar los votos y lo que decidan las mayorías. Eso es parte de la democracia, no del liberalismo.

Por supuesto que el liberalismo hizo contribuciones muy significativas, sobre todo estructurando jurídicamente los derechos; también las hizo el republicanismo, al que le debemos la división de poderes y las protecciones republicanas contra los abusos de poder, el constitucionalismo proviene de ahí. Cada tradición aportó en la hechura de lo que hoy conocemos como la democracia constitucional, que no es lo mismo que la democracia liberal ni la republicana. Es una forma de gobierno producto de un largo proceso en el que se van entretejiendo muchas corrientes y experiencias revolucionarias hasta desembocar en las democracias contemporáneas, en aquellas de las que hablamos hoy cuando hablamos de populismo.

CBR: ¿Qué es lo que el populismo le hace a la democracia?

Nadia Urbinati: Algunos académicos argentinos se han dedicado a pensar esta pregunta. Uno que me gusta mucho, que me parece muy atractivo porque le da una respuesta sumamente imaginativa, es Benjamín Arditi. Él ha propuesto considerar la relación del populismo con la democracia como una relación parasitaria. ¿En qué sentido?, en el sentido de que el populismo no se desarrolla autónomamente, no es un régimen que nazca o que se establezca por sí mismo, sino que lo hace a partir de la propia democracia. ¿Qué es un parásito? Un organismo que subsiste a expensas de otro, no lo domina ni lo somete despóticamente, sino que lo encuentra compatible y lo utiliza para sus propios fines.

El populismo ciertamente hace eso con la democracia porque está basado en principios similares: en la cuestión del pueblo, de la mayoría o de las elecciones. El populismo no solo utiliza los procedimientos y las instituciones de la democracia, sino que abusa de ellos y, al hacerlo, los convierte en algo, digamos, muy simplistamente extremo. Utiliza al pueblo, a la mayoría y a las elecciones, utiliza esos mismos medios con otros fines, muy distintos, que acaban tergiversando a la democracia. Es imposible decir si se trata de una decisión consciente o no, pero sin duda el populismo termina creando algo que está dentro de la democracia, al tiempo que transforma su lenguaje, sus instituciones, su estilo, en fin, la manera en que funciona.

CBR: La metáfora de la relación parasitaria supone una relación de dependencia, es decir, el populismo necesita a la democracia para nacer, crecer y reproducirse. En ese proceso puede abusar de ella, tergiversarla o desfigurarla, mas no puede aniquilarla: si la aniquila también se aniquila él, pues aniquila la condición de su propia supervivencia.

Nadia Urbinati: Esa es exactamente la paradoja de la relación entre el populismo y la democracia: el organismo parasitario no puede matar al que lo está hospedando sin matarse a sí mismo. El populismo nace en la democracia, vive mientras viva la democracia y muere cuando muere la democracia. Si eres un populista y destruyes la democracia, dejas de ser un populista y te conviertes en un dictador, en un fascista o en otra cosa. Para evitar esa deriva, para sobrevivir, el populismo necesita contenciones. Lo que enfrentamos, entonces, es un problema de temporalidad: de cuánto puede durar sin acabar con la democracia.

CBR: ¿Dónde trazamos esa frontera democrática?, ¿cómo identificar el momento en que el populismo ya cruzó ese punto de no retorno?

Nadia Urbinati: Cuando los populistas se dejan llevar por la ambición y tratan de cambiar la Constitución para darle completa supremacía al Poder Ejecutivo, es decir, a sí mismos. Al hacerlo no solo comienzan a desmantelar la democracia, sino a atentar contra sus propias credenciales populistas: si no hay contenciones, al final de ese camino lo que queda ya no es una democracia populista sino una dictadura. Ese fue, por ejemplo, el camino que emprendió el chavismo en Venezuela.

El problema, insisto, es la temporalidad: ¿qué tanto puede durar el estrés al que el populismo somete a la democracia sin acabar subvirtiéndola?, ¿es capaz el populismo de ponerse límites?, ¿de entender cuándo detenerse, cuándo cambiar, cuándo dejar de chuparle la sangre a la democracia? El momento de la fatalidad se pone a prueba, como decía, con la Constitución. El aniquilamiento o la supervivencia de la democracia depende de su fortaleza constitucional, he ahí donde se le puede poner un límite al populismo, en la firmeza de las instituciones está la posibilidad de contenerlo. Sin eso, es muy difícil.

No quiero caer en el determinismo de afirmar: si tienes una democracia constitucional buena, fuerte, entonces no hay de qué preocuparse. No, no, esa no es la cuestión, sino ¿dónde está la red de seguridad para contener al populismo? Yo creo que está ahí, en la Constitución, en las instituciones. Y también, por supuesto, en la política: en que haya una política de oposición, una contrapolítica populista desde la sociedad, con otro tipo de movimientos y otro tipo de partidos. Pero eso es muy difícil de orquestar, de construir. Lo otro, la Constitución, ya está en el sistema, no tienes que crearlo, aunque también es difícil de activar o de preservar porque, en muchas ocasiones, lo que el populismo en el poder hace, precisamente, es cambiar la Constitución.

CBR: En Yo, el pueblo usted menciona cuán sorprendente resulta la escasez de estudios, dentro de la bibliografía sobre el populismo, a propósito de las constituciones: de lo que los populistas hacen con ellas, de lo importantes que pueden ser para evitar lo que recién llamaba “el momento de la fatalidad”. Quizá aquí convendría hacer una distinción fina: una cosa es la Constitución, entendida como un documento que crea derechos y poderes o en el que se plasma un proyecto nacional o ideológico, y otra cosa, muy distinta, es el constitucionalismo, la doctrina de que todo poder debe estar limitado. En ese sentido, puede haber constituciones populistas pero no hay tal cosa como un constitucionalismo populista, no puede haberlo.

Nadia Urbinati: ¡Excelente distinción!, aunque ya hay algunos académicos trabajando en esos temas. Paul Blokker fue uno de los primeros en analizar la política constitucional del populismo en Europa del Este, y hay otros, pero, en efecto, no hay tal cosa como un populismo constitucional, solo existe la democracia constitucional.

La democracia se da a sí misma una Constitución para durar en el tiempo, para permitir la integración de nuevas mayorías, para limitar los poderes, en fin, para garantizar la libertad. Esas son las cualidades que definen a la democracia, que el constitucionalismo protege y que necesitan reproducirse todo el tiempo para que la democracia subsista. Ese es el objetivo. La democracia constitucional trata de institucionalizar la posibilidad de que haya cambios en el gobierno, de que a veces ganen unas mayorías y a veces otras, sin que eso implique un cambio de régimen. Lo que el populismo hace es interrumpir esa continuidad institucional, esas condiciones que permiten que la democracia se reproduzca, introduciéndose en ella, pero declarando que su mayoría es la mayoría, que su victoria electoral es la victoria electoral. Así, busca darle eternidad al momento de su victoria en lugar de dársela al proceso que le permitió ganar.

La democracia constitucional se puede interrumpir con un golpe de Estado y punto, ahí termina la historia. Eso no es lo que hace el populismo, porque su existencia depende de que la mayoría populista se mantenga, de que haya movilización social a su favor, de seguir ganando elecciones. Los populistas no quieren ponerle fin a eso porque necesitan legitimidad electoral, es de donde viene su fuerza. Lo que hacen, entonces, es mantener el proceso democrático pero desfigurándolo, evitando que pueda operar en su contra.

¿Cómo?, tratando de eternizar su mayoría, presentándola como la mayoría buena, la mayoría verdadera o auténtica, impulsando que sea asumida en esos términos, incluso sin necesariamente quitarles sus derechos a las oposiciones o atentar contra la libertad de expresión. Es complicado, pero maniobran dentro de los márgenes que les ofrece la Constitución. Eso fue muy claro en el caso de Hungría, también hay muchos ejemplos en América Latina. Claro, luego los populistas empiezan a cambiar la Constitución, una reforma por aquí, otra reforma por allá, una tras otra, para instalar su mayoría dentro de la propia Constitución.

CBR: Muchos politólogos han caracterizado el populismo como un tipo de estrategia política o como un estilo retórico, pero usted plantea concebirlo como “un nuevo modelo de representación”, ¿a qué se refiere con eso? y ¿cómo difiere, concretamente, de lo que han propuesto otros teóricos del populismo?

Nadia Urbinati: Primero que nada, el populismo no puede ser solo una retórica, porque esa retórica es un recurso que usan todos los grupos, todos los partidos, particularmente si están en una campaña electoral: el antagonismo del nosotros contra ellos, hablar en nombre del pueblo, apelar a los agravios sociales. Es tan común que realmente no se puede decir que esa retórica sea el populismo. La política está hecha de retórica: en esto Ernesto Laclau estaba totalmente en lo correcto. La pregunta, para mí, no es qué hacen los populistas con la retórica, sino qué hacen con la representación.

La representación es una manera muy peculiar de hacer política. Dentro de la tradición de la democracia constitucional, la representación se basa en un cuerpo legislativo y, al mismo tiempo, gracias a los partidos, las asociaciones, los movimientos, la participación y la opinión pública, en una corriente que circula por dentro y por fuera de las instituciones. Quienes están en el parlamento se convierten en un referente y todos los ciudadanos queremos que estén al tanto de lo que pensamos de ellos. Así, lo que hay es una mutua influencia, un dar y recibir constante con quienes cumplen ese papel representativo. La representación no es una fórmula para delegar poder a los partidos, es una forma de participar en la vida política. Pero para lograr eso se necesita algo más que las urnas, algo más que los votos; se necesita tener cuerpos intermedios —partidos, órganos autónomos, prensa, sindicatos, universidades, etcétera– porque sin ellos no se puede crear la representación.

Quienes llegan al parlamento no llegan a título individual, no te representan a ti o a mí, nos representan en términos de propuestas, plataformas, ideas, no importa qué tan realistas o absurdas sean. El punto es que no son nuestros representantes individuales. Eso implica un pluralismo, una organización dentro de la sociedad civil, y también implica una separación, llamémosla una brecha, entre la institución y el nosotros que está siendo representado por ella. Esa separación no es mala, es inevitable; la pregunta es qué tan ancha se vuelve y qué problemas surgen de ahí. No es mala porque nos permite vigilar, nos permite mantener bajo el ojo público lo que hacen los representantes y tratar de presionarlos, influirlos, criticarlos para, eventualmente, votar o ya no votar por ellos. La existencia de esa separación garantiza la posibilidad de no identificarnos con ellos, nunca, incluso si tenemos ideas muy parecidas, porque no somos lo mismo.

Lo que los populistas hacen es eliminar esa separación, proclamando que el pueblo se articula unitariamente en torno a un liderazgo. Laclau lo explica muy bien cuando dice que “el populismo es el rostro del líder”. Ese rostro del líder hace algo que los partidos no suelen hacer: aglutina muchas demandas distintas encontrándoles un antagonismo en común, contra los inmigrantes, contra los ricos, contra las mujeres, lo que sea, no importa el tema: el punto es unificar una diversidad, una multitud de demandas en torno a ese rasgo en común. A veces es un rasgo muy delgado, pero encuentra mucha fuerza en el rostro del líder, quien se convierte en algo parecido al papa en la Iglesia católica. El líder es el lugar en donde se unifica una realidad muy compleja, sin embargo, en lugar de ver esa complejidad simplemente vemos la unidad del pueblo populista alrededor del líder.

En suma, en el populismo la representación es lo opuesto a lo que habíamos dicho: no crea una brecha entre la institución y nosotros, sino que incorpora al líder y al pueblo. Lejos de separarlos, hace que el líder se vuelva su boca, su rostro, y el pueblo entonces no puede controlarlo porque no existen el espacio ni los mecanismos para ejercer ese control. El líder se vuelve plenipotenciario gracias a que se muestra como la encarnación del pueblo. El populismo hace lo contrario que la representación tradicional: en lugar de limitar o controlar a través de la participación constante, crea un superpoder, un liderazgo muy poderoso gracias a la identificación, la aprobación o el apoyo permanentes del pueblo.

El líder populista adquiere credibilidad atacando al establishment, es decir, a los que están a cargo o dentro del sistema. Pero una vez que él está a cargo, tiene que demostrar que no se ha vuelto parte del establishment a pesar de estar dentro de la institucionalidad. ¿Qué hace, entonces? Pasa la mayor parte de su tiempo cultivando una relación permanente con el pueblo a través de los medios, de la televisión, como lo hacía Chávez con Aló, presidente, para mantener el sentido de unidad con el pueblo. Así, más que participación, el modelo de representación populista promueve una propaganda permanente para hacer que la gente confíe en el líder aunque no entienda lo que está haciendo. Es como un rezo, una letanía que se repite una y otra vez. Al final, tú no controlas a tu sacerdote; en la oración, más bien, te vuelves uno mismo con él.

CBR: El término “demagogia” se usa mucho como sinónimo de populismo. En su libro, usted discute las diferencias conceptuales y contextuales entre uno y otro, rechazando contundentemente esa equiparación, ¿por qué?

Nadia Urbinati: Yo considero que el populismo se desarrolla al interior de la democracia representativa y la demagogia dentro de la democracia directa. El demagogo, como decía Max Weber, es un líder al interior de una asamblea que, mediante el uso de ciertas técnicas retóricas, la convence de votar de tal o cual manera. El populista, en cambio, no nada más habla para inducir una decisión, hace política para encarnar una voz colectiva, algo que el demagogo no necesita hacer. El demagogo habla por sí mismo, el populista representa al pueblo.

CBR: Otra distinción que usted plantea respecto al populismo tiene que ver con las elecciones, con cómo se conciben, cómo se compite en ellas y cómo se interpreta su resultado. En algún momento usted sostiene que “la democracia significa libertad y el populismo significa unidad”, ¿qué quiere decir con eso?

Nadia Urbinati: En una democracia constitucional las elecciones son un mecanismo para participar y expresar preferencias, para escoger a un candidato, un partido o una plataforma y, al final, para crear una mayoría capaz de gobernar por un periodo de tiempo, una mayoría que no es para siempre sino temporal, circunstancial o cíclica. Eso supone, como decía Norberto Bobbio, que practicar la democracia no se trata solamente de votar para que gobierne la mayoría, se trata también de respetar las diferencias y las reglas del juego, la competencia y los resultados, el hecho de que siempre habrá otra oportunidad para volver a buscar el voto. Para la democracia, las elecciones son una escuela de soluciones relativas, no absolutas, a través del tiempo.

Para el populismo, en cambio, las elecciones sirven para certificar que su mayoría es la correcta, para probar que los votantes están interpelando al poder de la manera correcta y reconocen al líder correcto. Algo así dijo Trump durante su inauguración en 2017: que no era una mera transición entre una administración y otra, o entre un partido y otro, sino la transferencia del poder de Washington, de vuelta al pueblo estadounidense. En su discurso, las victorias previas habían sido victorias de unas mayorías espurias, porque en realidad habían sido victorias del establishment, mientras que la suya era la victoria verdadera de la mayoría verdadera que por fin había encontrado a su verdadero líder. El valor de las elecciones anteriores era relativo, mientras que el de su elección era absoluto: la suya no era una mayoría circunstancial sino definitiva, el pueblo al fin había triunfado, la mayoría había encontrado quien finalmente la encarnara. A través del triunfo del líder, pueblo y mayoría se habían vuelto uno mismo.

Esa es la diferencia: en la democracia las elecciones son un mecanismo para escoger libremente mayorías temporales; en el populismo son un plebiscito para corroborar la unidad absoluta entre el pueblo y el líder.

CBR: Me gustaría preguntarle cuál es el lugar que ocupa Yo, el pueblo dentro de su obra. Desde mi perspectiva, este se puede ser leer como la última entrega de una trilogía que comienza con su libro sobre la genealogía y los principios de la democracia representativa (Representative Democracy: Principles and Genealogy); luego continúa con su libro sobre el desfiguramiento de la democracia (Democracy Disfigured: Opinion, Truth, and the People); finalmente desemboca en este último libro sobre el populismo. Esos tres trabajos, leídos así, trazan una larga historia sobre la evolución del experimento democrático, sobre sus mutaciones y desafíos, hasta culminar en el momento político actual, ¿esa fue su intención?, ¿así lo tenía planeado? o ¿cómo fue que estos tres volúmenes terminaron creando este orden específico?

Nadia Urbinati: Qué bonita pregunta, esto significa que me has leído con mucho cuidado. Déjame ponerlo de la siguiente manera. En 1996 hubo una conferencia sobre populismo y oligarquía en la Universidad de Princeton, organizada por varios amigos e instituciones, a partir de una inquietud compartida por lo que estaba pasando en Italia, por lo que entonces parecía el principio de un nuevo experimento populista en una democracia occidental, por el colapso de los partidos tradicionales, por la figura de Berlusconi. Todos estábamos preocupados pero, extrañamente, casi nadie en la conferencia habló sobre populismo. Yo presenté un texto sobre populismo porque de eso se trataba la reunión, ¿no?, sin embargo, los demás hablaron sobre justicia, sobre deliberación, sobre medios de comunicación, etcétera. Esa fue la primera vez que me di cuenta de que el populismo tiene que ver con algo que transforma la democracia.

Después me contrataron en la Universidad de Columbia, donde comencé a trabajar bajo las condiciones del tenure track y me hicieron ver que si quería tener futuro, alguna esperanza de éxito, estudiar el populismo no era tan buena idea porque el populismo era un tema muy regional, muy local, en el que quizá se interesarían quienes hacían política comparada, sobre todo en América Latina, pero nadie en mi propio campo de especialidad, que es la teoría política. El populismo no se veía como un tema para teóricos.

En esas estaba cuando al año siguiente salió el libro de Bernard Manin (The Principles of Representative Government), un libro que muestra cómo el gobierno representativo terminó siendo democrático, no porque esa fuera su naturaleza o su trayectoria histórica, sino de manera accidental. Así que decidí moverme del populismo al estudio de la representación, a tratar de entender qué es la representación democrática. De ese proyecto salieron los dos primeros libros que mencionaste; no es que así los haya planeado, pero entre más trabajaba en ellos más terminaron siendo dos libros muy coherentes entre sí. El segundo se publicó en 2014, cuando el populismo ya estaba en el horizonte, en todas partes. Como para entonces ya me habían dado el tenure, pensé: bueno, ya tengo la libertad de escribir lo que yo quiera, ahora sí voy a hacer el libro sobre populismo.

CBR: ¿¡Casi veinte años después!?

Nadia Urbinati: Sí, así es. Este libro sobre populismo lo empecé antes de que Trump apareciera en el mapa. Ya que apareció mis editores en Harvard University Press, muy inteligentes, me dijeron que ahora todo se trataba de Trump, así que cambiamos el título para dar cuenta de cómo el “nosotros, el pueblo” estaba mutando en un “yo, el pueblo”. El tema venía de mucho antes, pero el título sí cambió por Trump.

CBR: La portada de la versión en español, editada por Grano de Sal, muestra una figura que tiene el cuerpo de Mussolini pero la cabeza de Trump mirándose en un espejo. No es la misma portada que la versión en inglés, ¿cierto?

Nadia Urbinati: No, la versión en inglés muestra una mano compuesta por los cuerpos de muchas personas.

CBR: Supongo que es una alusión a la imagen clásica del Leviatán de Hobbes…

Nadia Urbinati: Sí, exactamente.


CBR: Pues, la verdad, me parece mejor la portada de la versión en español, con esa criatura mitad Mussolini, mitad Trump.

Nadia Urbinati: Sí, a mí también. Esa portada es asombrosa. Además de que, antes de fundar el primer régimen fascista en la historia, Mussolini fue un populista. Un populista que se hizo del poder de una manera dramática, con la Marcha sobre Roma,* pero sin romper el orden constitucional. Ya en el poder, sin embargo, acabó con la democracia.

CBR: Incluso sin llegar a esa fatalidad, que siempre está latente, el populismo suele producir democracias inestables, ¿no? Quizá porque una serie de problemas crean las condiciones para que los populistas ganen elecciones, aunque ya en el gobierno no suelen ocuparse tanto de resolver esos problemas, sino de instrumentalizarlos, de utilizarlos como armas políticas. Uno suele creer que generar cierta estabilidad está en el interés de quienes ejercen el poder, pero, como ha dicho el académico Francisco Panizza, el populismo no constituye una política de “tiempos normales”. La expectativa de normalización, en pocas palabras, no suele formar parte del repertorio populista, ¿por qué?

Nadia Urbinati: Porque de eso se trata el populismo, por eso es tan problemático y a veces, incluso, peligroso. La democracia constitucional consiste en ponerle límites al poder y el populismo siempre está queriendo maniobrar con esos límites, empujarlos más lejos, con el fin de tener más poder en nombre de su mayoría o del pueblo. Si los populistas aceptaran las limitaciones de la democracia constitucional, dejarían de ser populistas. Los ha habido, populismos que se convierten en partidos más o menos ordinarios: el movimiento Cinco Estrellas en Italia o Podemos en España, una opción de izquierda que no me parece un mal partido.

La cuestión es que cuando los populistas llegan al poder lo suelen hacer atrapados en su propia lógica, y la mayor parte de las veces ya no escapan de ella. Necesitan demostrar que son consistentemente populistas, es decir, no pueden volverse un gobierno ordinario sin correr el riesgo de ser vistos como un nuevo establishment. Entonces, ¿qué hacen? Despliegan una campaña electoral permanente que les impide parar, que los obliga a radicalizarse: quieren ser vistos como únicos, como diferentes a los de antes, como la encarnación del pueblo real. Pero como están en el gobierno y su líder encabeza una coalición amplia, con intereses y demandas muy diferentes, tienen que encontrar acomodos con muchos grupos, negociar, repartir beneficios, así que usan al Estado para mantener unida a su coalición y eso crea corrupción, incompetencia, dificultades económicas, etcétera.

Los populistas crean problemas para mantenerse en el poder. Eso, no obstante, abre oportunidades para sus opositores y finalmente, tal vez, la posibilidad de otro tipo de gobierno… Claro, si es que no trastocan demasiado el orden institucional o el poder ejecutivo no adquiere una cualidad cuasidespótica o dictatorial.

CBR: Se supone que el populismo es antielitista, pero los gobiernos populistas no terminan con el elitismo, solo le dan una nueva configuración. Usted lo advierte en su libro Yo, el pueblo: más que acabar con las élites, el populismo las sustituye por otras. Aunque suene contradictorio, existen las élites populistas. Ese fenómeno apunta hacia lo que podríamos denominar el artificio de la autenticidad populista: ¿ese puede ser un insumo para combatir al populismo, usar su convicción antielitista en contra suya?

Nadia Urbinati: Los populistas son muy buenos para demonizar a las elites existentes y luego reemplazarlas. Las teorías clásicas de Wilfried Pareto y otros todavía sirven para explicar ese proceso de sustitución de élites. El populismo usa esa dinámica para atrincherarse en el Estado, si puede, por un largo tiempo. Sin embargo, es incapaz de ser sincero al respecto, no puede darse el lujo de admitir que eso hace. Los populistas, entonces, insisten en que ellos no son otra élite, sino el pueblo verdadero. Uno de sus trucos es decir que si no tienen éxito, si no logran lo que prometieron, es porque las élites no se los permiten.

Para los populistas es muy funcional la existencia de sus enemigos. No son como los fascistas, que quieren eliminarlos, ellos prefieren correr el riesgo de aprovechar su presencia, de fustigarlos, de hacerlos responsables de sus propios fracasos. Los populistas necesitan que alguien desempeñe el papel de una élite externa que fortalezca el sentido de pertenencia y la disciplina de su propia coalición. Es decir, no son totalitarios, no buscan la dominación extrema, no porque sean buenos o tengan intenciones nobles, sino porque la lógica del populismo es la lógica de proclamar que son el pueblo verdadero, no otra élite, y para eso necesitan que siempre haya un culpable contra el cual abalanzarse, para eso necesitan que exista cierto pluralismo, necesitan que siempre haya otros. Eso los hace, en cierto sentido, menos peligrosos que el fascismo.

La pregunta es cómo podemos combatirlos cuando están en el gobierno. Es un problema, pues desafortunadamente el populismo cambia la manera en que operan las oposiciones. Si quieres atacar a un líder populista con éxito, quizá tengas que volverte un populista. Una vez que el populismo se ha instalado en un sistema político, desde la oposición o desde el gobierno, es casi imposible escapar de su lógica. La gente deja de confiar en las instituciones ordinarias, piensan “ah, son los mismos de siempre, son la élite”. El lenguaje del populismo permea en la opinión pública y hace que incluso personas que no se consideran populistas terminen pensando como los populistas: que no confíen en los partidos, en el establishment, en los especialistas. La propia opinión pública se transforma. Eso hace muy difícil luchar contra el populismo, contra esa lógica que se reproduce permanentemente. Eso, en mi opinión, es muy peligroso.

CBR: Sostiene usted que los debates sobre el populismo siempre son muy difíciles porque, en el fondo, son debates sobre cómo interpretamos la democracia. Uno puede interpretarla, por ejemplo, como la redistribución del poder, como la representación política de los excluidos o como el antagonismo contra las oligarquías. El populismo puede darle curso, sin duda, a ese ímpetu democratizador. Pero el populismo también puede ser profundamente antidemocrático en la medida en que promueve la concentración del poder en la figura de un único líder, la erosión de los cuerpos intermedios o la creación de una nueva oligarquía. Quizá también es difícil debatir sobre el populismo por ese carácter simultáneamente democratizador y antidemocrático que entraña.

Nadia Urbinati: El populismo tiene la habilidad, o al menos la intención, de siempre querer ser oposición y gobierno al mismo tiempo. Esto se ha vuelto particularmente relevante hoy, en la medida en que han desaparecido los partidos socialdemócratas, es decir, aquellos que eran capaces de proponer el cambio social sin recurrir a estrategias populistas. En el mundo contemporáneo ya casi no conocemos a ese tipo de partidos, aun cuando serían muy importantes porque hay mucha gente sufriendo por razones económicas, de precariedad, desempleo, pobreza, etcétera. Esas personas se sienten abandonadas, sienten que no tienen ningún poder, y lo que está ocurriendo es que no salen a votar o, cuando votan, lo hacen por líderes populistas. Entonces, ¿en qué podemos cifrar nuestras esperanzas? La esperanza socialdemócrata, en este momento, es un anacronismo, está acabada. A menos de que desarrollemos una nueva forma de partidos de oposición, me temo que lo más probable es que el populismo haya llegado para quedarse entre nosotros. En todas partes es así.

CBR: Hacia el final de Yo, el pueblo usted advierte que el populismo obliga, tanto a la ciudadanía como a la clase política, a reflexionar sobre qué ha salido mal, a reconocer de dónde y cómo surge una insatisfacción tan radical, tan hostil, contra la democracia representativa, contra los partidos políticos, contra las élites. Con todo y esa advertencia, usted evita, creo que de manera intencional, caer en un discurso catastrófico y más bien procura recordar el carácter experimental que ha tenido la democracia a lo largo de su evolución histórica, recordar que el descontento social no es un veneno sino un ingrediente de la política democrática. En suma, usted pide escuchar la pregunta que formula el populismo, tomarla en serio, aunque en este momento carezcamos de una respuesta…

Nadia Urbinati: Sí, es que no sé qué vaya a pasar, pero sí sé que la democracia se transforma internamente todo el tiempo. Esa ha sido su historia. Si uno es coherente con lo que supone vivir en una democracia, no hay tal cosa como la última palabra. Incluso en la dimensión de la opinión o de las audiencias, todo siempre está flotando, redefiniéndose, modificándose. Esa capacidad de cambiar es algo bueno: significa que nada está escrito en piedra, que podemos tener la esperanza de que las cosas eventualmente se muevan en una dirección distinta. Si la democracia no se ve interrumpida por una salida dictatorial, puede producir otras respuestas, otros partidos, otras figuras, otra política.

Yo creo en esto porque creo en el experimento democrático. Por un lado, no creo que haya una medicina que resuelva todos los problemas, el antídoto que aplicas contra el populismo y ya está. No, no, la política continúa y la democracia es un sistema muy elástico. A pesar del descontento, de sus crisis e incluso de sus fracasos, sigue siendo capaz de explorar y generar nuevas soluciones, no porque alguien así lo quiera o lo decida, sino por la propia lógica del proceso democrático: a veces sale bien, a veces sale mal. Es parte de su naturaleza. Tenemos que estar abiertos a ello, a lo positivo y a lo negativo, así hay que entenderlo. No hay respuestas definitivas. Yo siento una especie de modestia en relación con la democracia porque para mí ha sido capaz de lograr mucho más de lo que solemos creer o darle crédito. Tenemos que asumir que la democracia es un gran laboratorio político.

Por otro lado, tenemos que confiar en sus fundamentos: en una distribución más equitativa del poder, en desmantelar las formas de dominación arbitraria. Eso implica cultivar cierta disposición a entender que a veces la democracia no nos da lo que deseamos: a veces encumbra malos líderes, a veces engendra malas decisiones. Lo bueno es que en la medida en que sobreviva la disposición democrática tendremos capacidad de cambiar. Al final, de eso se trata la democracia, no de que las cosas siempre salgan como quisiéramos.

CBR: Para terminar me gustaría preguntarle algo más sobre el papel de los críticos frente al populismo, en particular, en el caso de México, ya que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador acusa muchos de los rasgos que usted ha descrito y está acercándose al que tal vez sea su momento de fatalidad, con una reforma constitucional que tiene bajo la mira al instituto nacional encargado de organizar las elecciones. Hay mucha incertidumbre, mucho temor, el presidente no tiene todos los votos en el Congreso, pero sigue teniendo respaldo mayoritario y algunos legisladores de oposición lucen vulnerables…

Nadia Urbinati: Las voces críticas son indispensables. ¿Conoces la historia de Pinocho?, ¿de su compañero, Pepe Grillo, el que todo el tiempo le dice “ten cuidado, ten cuidado”? Yo creo que las voces críticas tienen que desempeñar ese papel: alertar a la gente sobre las consecuencias que quizá no están viendo o no quieren ver, de posibles cambios al sistema electoral o a la Constitución. Los periodistas, los académicos, quienes ejercen la crítica y tienen alguna influencia deben recordarle constantemente a la gente que lo que está en juego, más allá de las maniobras del gobierno o de la mayoría en turno, es su libertad y su futuro.

Si yo fuera una voz de oposición en este momento en tu país, también intentaría no ser oposición solo por ser oposición, por llevar la contraria; trataría, más bien, de hacer que la gente razone, que dude de quienes tienen el poder, que le dé una segunda pensada a las cosas. Yo lo he vivido en mi país, en Italia, esa falta de sabiduría frente a acciones de gobierno o ante cambios electorales muy problemáticos. Maquiavelo decía que la razón no se debe dejar arrastrar por las corrientes de opinión, no importa cuán comunes o fuertes sean. No sé qué tan realista sea, pero esa es la posición que yo asumiría.

CBR: Es una posición realista, sí, pero que puede ser muy frustrante. A veces parece que no hay oídos que quieran escuchar, independientemente de lo que se les diga.

Nadia Urbinati: Desafortunadamente, ese es el destino de Pepe Grillo, ese animal diminuto que quiere ser la conciencia de Pinocho. Aunque muchos no los escuchen, los críticos siembran semillas en la opinión pública, semillas que no parecen rendir ningún fruto en el corto plazo, pero quizá después lo hagan u otras voces los retomen. Yo sé que es muy difícil ir a contracorriente, que la corriente es muy fuerte y destructiva, pero no hay que dejarse arrastrar por ella. Hay que seguir ejerciendo la crítica, ese es nuestro trabajo frente a una situación así.


 * La Marcha sobre Roma ocurrió en la última semana de octubre de 1922 y fue el movimiento, encabezado por Benito Mussolini, que forzó su nombramiento como primer ministro. Tras llevar a cabo manifestaciones masivas en las principales ciudades italianas, entre veinticinco mil y treinta mil personas se trasladaron a la capital con el objetivo de presionar al rey Víctor Manuel III para que depusiera al gobierno de Luigi Facta y nombrara, en su lugar, a Mussolini como nuevo jefe de gobierno.

El libro de Nadia Urbinati, Yo, el pueblo: Cómo el populismo transforma la democracia, fue editado en México por Grano de Sal.